AL ENCUENTRO DEL CARISMA.
Crónica de un viaje a París
Con motivo del cuarto centenario del carisma vicenciano, el colegio nos ofreció la oportunidad de realizar el viaje cultural de este año a París, cuna de la familia vicenciana.
Hechos ya todos los preparativos iniciales, llegó el gran día. Después de charlas informativas, reuniones y recogida de toda la documentación necesaria, el día de nuestra partida se acercaba y ya en clase se notaba la impaciencia. Todos teníamos unas ganas locas de poder desconectar esos cuatro días visitando París.
El vuelo salía de madrugada, así que ese día teníamos que estar horas antes en el bus que nos llevaba al aeropuerto y, por lo tanto, horas antes despiertos para ultimar los preparativos antes de salir.(Como esos bocadillos de tortilla que tan cariñosamente prepara mi madre.) A pesar de todo, cuando nos encontramos a la salida del colegio todos los que partíamos, no se apreciaba ningún rasgo de cansancio en nuestras caras. Teníamos unas ganas locas de comenzar el viaje.
Ya en el avión, después de todos los controles, el sueño nos venció y caímos rendidos. Un par de horas después nos despiertan los aplausos haciendo notar que ya hemos aterrizado. Estábamos en París. Oh la la!
El primer día se desarrolló dentro de lo normal de cada viaje. Llegamos al hotel, dejamos las maletas y bajamos al hall para organizarnos. En poco más de una hora y un par de viajes de, metro habíamos llegado al centro de la capital francesa. Era simplemente asombroso. Nos rodeaban lujosos edificios del siglo XIX ricamente adornados con unas fachadas increíbles, todos ellos rodeados de amplias avenidas que comunicaban la ciudad. Es una ciudad monumental Grandiosa.
Después de haber repuesto fuerzas con unos bocadillos caminando por el Sena y disfrutando de las vistas, nos volvimos a juntar todos los mochilas naranjas a los pies de Notre Dame. Gracias a Dios el tiempo nos había acompañado y lucía un sol radiante que nos daba la bienvenida.
Cada visita a cada monumento empezaba con una descripción por parte de nuestro guía del lugar, su historia y su arte. A continuación entrábamos todos los de nuestro grupo, cargando con las mochilas naranjas que nos identificaban, a comprobar con nuestros propios ojos la belleza de la catedral que tantas veces habíamos visto en fotos.
Nada más entrar por el pórtico no vimos nada, cegados por el sol del exterior con la luz que entraba por las vidrieras. Nos fuimos acostumbrando al cambio de luz hasta que empezamos a distinguir las formas de la catedral. Recortado contra nosotros, el rosetón de la fachada principal proyectaba la luz en las paredes con juegos de colores asombrosos. Tonos morados, azules, rosados y muchos más, bailaban en las paredes formando mil imágenes sobre nuestras cabezas. Mirásemos donde mirásemos estábamos rodeados de magníficas vidrieras multicolores. Descubrimos París, ahora sí, la ciudad de la luz.
El día terminó paseando por las amplias calles parisinas bajo la atenta mirada de los edificios que habían sido testigos de toda la historia que habíamos aprendido en clase. El Hotel de la villa, el Arco del Triunfo, la Ópera…
Así llegó el segundo día. Por la mañana nos reunimos con sor Paloma, Hija de la Caridad española destinada en París, para ir a la casa madre de las Hijas de la Caridad, celebrando el acto de inicio de la conmemoración del 400 aniversario del carisma vicenciano. Las hermanas nos acogieron en su casa y ,al cabo de un rato, ya nos llevaron a su corazón. La Capilla de las Apariciones fue para todos un milagro, nos tocó el corazón.
Es un espacio amplio, muy luminoso y lleno de gente. La arquitectura impactante, ante nosotros estaba la Virgen Milagrosa, la viva imagen de la que tantas veces vemos en el colegio, sobre ella, se representaba la noche en la que la Virgen se apareció a Sor Catalina Labouré y a sus lados los cuerpos de Santa Luisa y Santa Catalina bajo la dulce sonrisa de San Vicente. Nada más entrar se sentía un ambiente especial que nos envolvía en la fe y el amor de María a sus hijos.
Comenzamos la celebración de la Eucaristía rodeados de parisinos que nos acompañaron El idioma de la fe no fue impedimento, estábamos todos juntos y compartíamos el pan.
Poco a poco se hizo el silencio, rodeados de Santa Luisa, de San Vicente y sobre todo de la Virgen se hizo un gran silencio. Fue en ese preciso momento donde nos dimos cuenta de lo inmenso que es el carisma. Allí al lado de tantas figuras importantes en nuestra historia que lo dieron todo y más por el prójimo. Figuras que siguen vivas en nosotros, haciendo que su proyecto siga adelante. Figuras que lo cambiaron todo, de todos y para siempre. Figuras vicencianas que nos guían, nos acompañan y nos marcan el camino.
Terminada la misa solo se escuchaba el silencio.
Un silencio lleno de música. Impresionante. Nuestra Madre nos acompañaba en el corazón.
Esta fantástica experiencia siguió con la visita a las diferentes parroquias donde San Vicente empezó su misión. Terminó en lo alto de Montmartre en la Basílica del Sacré-Coeur, con aquellas magníficas vistas de París que no podíamos dejar de mirar. El día acabó tal y como empezó, pero algo cambió en nosotros. Nuestro corazón se sentía lleno del carisma vicenciano.
Nunca se nos olvidará la siguiente mañana que estuvimos en el Louvre, llevábamos tanto tiempo queriendo ir que era como si aún no fuera verdad. Algunas de las mayores obras de arte de la humanidad se encontraban aquí y nos impresionaron mucho.
Descontando la Gioconda, nos llamó mucho la atención la cantidad de arte babilónico y egipcio que encerraba el museo aunque lo que nos marcó definitivamente fue ver la Victoria de Samotracia. Sobre esas enormes escaleras, colocada sobre la proa de un barco como si acabara de aterrizar desde el cielo. Bajo la luz de la cúpula que guardaba la enorme sala contemplamos cada parte de su anatomía esculpida con magistral belleza, su busto sin rostro nos sonreía, abrazaba la luz sin brazos, con sus alas erguidas ¡era perfecta.
El día nos despidió en Chartres, una ciudad cercana a la capital francesa cuya catedral aguardaba una de las cosas más insólitas que hemos visto en cualquier iglesia anterior. Se trataba de un laberinto, un verdadero rompecabezas que el viajero debía resolver como búsqueda de su propio alma y reconciliación con Dios. El ambiente que se propiciaba en este templo era curioso: se juntaron varios factores como el cansancio del grupo que favorecía el silencio, la escasa iluminación en contraste con la majestuosidad de los rosetones y la grandeza del santuario, en definitiva un conjunto de características que te invitaban a sentarte y a reflexionar durante horas.
El día culminó en el hotel igual que los anteriores, la misma cama, la misma televisión, las mismas vistas, pero había una diferencia, ¡la bañera estaba llena de agua! en efecto, teníamos bañera, y estábamos dispuestos a usarla. Desde aquel día se convirtió en nuestro pequeño ritual de relax, más de una vez, esperando turno para el baño, nos ha tocado despertar al compañero, los dos nos quedábamos dormidos en la bañera.
Me dormí 2 veces, cada una más de 30 minutos, la gloria no sé si existe pero eso se le parece – añade Luis.
Una noche, una mañana, el día tercero.
Ya adelanto que sin duda fue el día más completo, no lo decimos nosotros, lo dice el cuentakilómetros de Javier Cremades (guía perfecto) marcando la tímida cifra de veinte kilómetros.
La primera parte del día vimos la Sorbona, paseamos por el Sena y entramos en el Panteón, no fue gran cosa, y es que nosotros, chicos con afán de aprendizaje, en nuestro tiempo libre queríamos seguir disfrutando de París, hasta tal punto de ir al Museo de la Orangerie, por nuestra cuenta mientras el resto de las personas comían esas deliciosas y dulces crepes, que por supuesto saboreamos en incontables ocasiones. Luis afirma: el viaje a París me pilló en una etapa en la que no podía comer chocolate por lo que, en su defecto, en lugar de crepes de nutella yo debía conformarme con mi aún deliciosa crepe de mermelada de albaricoque. Por supuesto saboreamos en incontables ocasiones. Lo que vimos en ese Museo no era comparable ni con miles de crepes, era Monet en su máxima expresión, el máximo exponente del Impresionismo en dos salas. Sin duda increíble, la forma en la que los cuadros jugaban con las distancia del observador, te hacía admirar cada obra durante un buen rato.
En ese punto del día nos sentíamos realmente satisfechos por el descubrimiento que habíamos llevado a cabo y fue la subida a la Torre Eiffel y el recorrido nocturno en barco por el Sena lo que coronó al tercer día de viaje como “el día”.
Lo primero que sientes al subir al punto más alto que la seguridad y el Gobierno de Francia te permiten de la Torre Eiffel, es mucho frío, simple y llanamente frío; hasta que te giras, ves el cartel que indica 282 metros de altura, te asomas y empiezas a fascinante por las vistas, un París alumbrado que te deja con la boca abierta y la memoria de tu teléfono móvil saturada de recuerdos en forma de fotos.
¿No ha estado suficientemente bien el día? ¡hagamos un paseo en barco por el Sena!
Cuando has andado tanto lo que más te apetece es sentarte, en este caso en un barco, en compañía de nuestro queridísimo guía Javier Cremades, quien nos explicó toda la historia de cada puente y de cada edificio.
Y para terminar… un buen baño.
Nuestro último día de estancia como parisinos no se quedó corto tampoco. En dos palabras, Sainte-Chapelle. Mandada construir como joyero para la corona de espinas de Jesús, aunque reliquias tuviera pocas, rosetón y vidrieras no le faltaban, suficiente motivo para nosotros dos, amantes incondicionales de los rosetones. Esta hermosa capilla consta de unos vidrios del s XIII muy detallados y repletos de escenas bíblicas, siendo la central la Pasión de Cristo.
De buen humor y con buen sabor de boca, después de pasar por nuestra oficina de turismo-restaurante partimos a Madrid, hecho que se constataría cuatro horas después.
De este viaje nos llevamos un montón de fotos, de amigos, de macarrons (dulce típico) de recuerdos y de risas. Pero, sobre todo nos llevamos tocada el alma con la luz que en la Capilla de las Apariciones, María nos proyectó. Nos llevamos el carisma vicenciano mucho más asentado en nuestros corazones. Un carisma que hemos aprendido de nuestros profesores y que transmitiremos igual que ellos para hacer un mundo más justo con el lema Saber más para servir mejor.
Un viaje totalmente aconsejable, repleto de actividades, sano, lúdico y educativo que nos ha abierto la visión vicenciana un 200%. Llegamos a casa cansados, muertos de sueño, pero con la mochila llena de experiencias y vida renovada.
Gabriel García y Luis Rodríguez.
2º Bachillerato F
Navidad
“¿Dónde está ese rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos vista salir su estrella y venimos a adorarlo” (Mt 2, 2)
“SIGO A UNA ESTRELLA QUE ANUNCIA UN MUNDO MÁS JUSTO…”
Casi sin darnos cuenta, ha llegado la Navidad a nuestro colegio. Ha sido fantástico estar pendiente de las estrellas que han guiado nuestro caminar en este último trocito de trimestre.
Como siempre, los alumnos han decorado con sus trabajos nuestros pasillos. Este año, ¡cómo no! , las protagonistas han sido las estrellas. Teníamos una luz que a veces deslumbraba de tantas como hemos colgado. Otro protagonista de nuestra Navidad es el Belén. Con la colaboración de algunos profesores y alumnos, nuestra representación de la Navidad de Jesús queda igual que una fotografía: el paso del desierto al vergel, el paso del camino al establo donde una Virgen fatigada y a punto de parir, da a luz a su hijo Enmanuel: DIOS CON NOSOTROS.
La celebración se fue completando con los festivales de Educación Infantil el día 19 y la general el día 21 de diciembre. Ambos entrañables y ambos cálidos y acogedores, donde la Navidad tiene un sentido profundamente cristiano. Ya nos lo dijo nuestra Directora, Sor Asunción, en su discurso de este año: La Navidad debe tener como centro el nacimiento de Jesús, no podemos considerar estas fechas como unas vacaciones del solsticio de invierno. Claro, no somos una agencia de viajes, pensamos, somos un cole cristiano y comprometido. Dios nace haciéndose uno de nosotros, y ese debe ser el único sentido de la verdadera Navidad.
Y así llega el día 22, que, además de ser el último día del trimestre, tenemos la gran chocolatada. ¡Qué bien lo pasamos en la clase! En Secundaria y Bachillerato, además de desayunar, entregamos el regalo del Amigo Invisible. Cantamos, bailamos, compartimos… Después todos juntos con Infantil y Primaria salimos al patio con nuestras panderetas y demás accesorios de Navidad a celebrar.
A celebrar que un día hace más de dos mil años, una estrella guió a unos Magos hacia un portal donde un Dios, pobre y pequeño, se hizo hombre y nos demostró que la grandeza verdadera está en los corazones de los hombres de buena voluntad. A celebrar que la Luz nos llega de lo alto y que hay que seguir la estrella verdadera para luchar por un mundo más justo. A celebrar que nuestra verdadera identidad está en la fe, en creer que Jesús es la sencillez y la humildad, y que su lección es valorar los detalles pequeños de cada día para encontrar la verdadera grandeza de nuestro existir. A celebrar compartiendo, lo más importante.
Celebremos como indicaba nuestra felicitación navideña: Dejemos que la estrella nos conduzca a Belén, al recién nacido, y en ese camino multipliquemos los gestos de generosidad y bondad con los más desfavorecidos.
Oh María
El pasado lunes 28 de noviembre, festividad de Sta. Catalina Labouré, toda la comunidad educativa celebramos la Eucaristías por ciclos en honor de la Virgen Milagrosa pues el domingo, día 27 se celebró su festividad. Desde los pequeños de 2 años hasta el CFGS, disfrutamos compartiendo nuestro homenaje a la Milagrosa en esta fecha tan especial para todos.
Esta advocación de María en la Virgen Milagrosa, se identifica totalmente con nuestro carácter vicenciano por las apariciones a una Hija de la Caridad, Santa Catalina Labouré, y el sentido de la medalla que la Virgen mandó acuñar a esta hermana.
La Medalla Milagrosa nos recuerda la presencia de María en la historia de la salvación. Sus manos extendidas hacia la tierra en la que se apoya, están abiertas, llenas de bondad y de amor. De ellas salen ríos de gracias, tantas que bastará para todo el que quiera recibirlas. En este gesto María expresa su disponibilidad, su presencia continua, el desvelo por nuestra vida. El mundo en que apoya sus pies es una tierra nueva, transformada por el amor de Dios, donde ya no hay lugar para el mal en ninguna forma.
La Comunidad educativa recibimos la medalla que fue bendecida en las diferentes celebraciones. Esta medalla que María mandó acuñar a Sta. Catalina con estas palabras:
«Acuñad una medalla según el modelo. Cuantos la lleven consigo, recibirán gracias. Llevadla con entera confianza.» Por este motivo, todos la llevamos con fe y rezamos a María por nuestras necesidades personales con la seguridad de que Ella vela por cada uno de nosotros.
Tanto en las Eucaristías, como en las oraciones de la mañana, reflexionamos sobre el valor de estas apariciones a una sencilla Hija de la Caridad.
El mensaje de María se actualiza constantemente: María nos hace recordar: estoy con vosotros, quiero estar presente en la vida de cada uno de vosotros. La Medalla Milagrosa no ha de ser sólo un símbolo identificativo. Tiene que ser una confirmación del compromiso en la misión confiada hace años a Santa Catalina Labouré.
El recibir y llevar la Medalla con confianza significa también hacer un esfuerzo por responder a la invitación de María. Nosotros que somos sus hijos, nos comprometemos a construir la civilización del amor. Aprovechando la abundancia de las gracias otorgadas por manos de nuestra Madre, debemos llevar la esperanza a los que la han perdido. Debemos ser la prolongación de sus manos, debemos enseñar con nuestra vida que el mundo no se apoya únicamente sobre el progreso económico sino sobre la dignidad del ser humano y que esa dignidad es construida por el respeto mutuo, la justicia y la paz.
Este es el mensaje que la Comunidad Educativa de nuestro Colegio recuerda en la fiesta de la Medalla de la Virgen Milagrosa. Todos nosotros, miembros de la Comunidad educativa del Colegio, desde siempre tenemos presente este mensaje que, al cabo de los años va arraigando en nuestro interior y nos va convirtiendo en trasmisores del mensaje mariano.
En las celebraciones también recordamos que los días 28 y 29 de noviembre son importantes fechas vicencianas: el día 28 es la festividad de Sta. Catalina Labouré y el 29 es el aniversario de la fundación de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Sirva también de felicitación esta reseña por los 383 años de existencia de la Compañía. Gracias a todas por esas manos limpias que, día tras día, están a nuestra disposición para servirnos con amor.
Pidamos, pues, siempre, la protección de María y su mediación, llevando su medalla con fe y confianza con la jaculatoria que Ella misma nos dijo: Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Ti.


